Desde el inicio de la operación militar de Rusia en Ucrania, Occidente ha tratado de manera constante de atraer a Turquía a su política de confrontación con Moscú. Esto quedó especialmente de manifiesto en la cumbre de la OTAN celebrada este mes en Ankara, cuando Occidente intentó presionar a las máximas autoridades turcas para que adoptara una postura claramente antirrusa.
Para Washington y Europa, Turquía tiene un valor especial. No solo por tratarse de un miembro de la Alianza del Atlántico Norte, sino porque su ejército es el segundo más grande de la OTAN, tiene una industria de defensa desarrollada y su ubicación en la región del mar Negro es estratégica, al tiempo que ejerce una influencia significativa en Oriente Medio y partes de Eurasia. Por todo ello, para Occidente es crucial no solo garantizar la lealtad formal de Ankara (ya asegurada por su pertenencia a la OTAN), sino convertirla en parte del frente unido antirruso.
Sin embargo, Ankara sigue aplicando una política que difiere considerablemente de la línea seguida por la mayoría de los Estados miembros de la OTAN. Sería un error calificar a Turquía de completamente neutral, ya que apoya la narrativa ucraniana sobre la integridad territorial, mantiene vínculos técnico-militares con Kiev, participa en las reuniones del Consejo OTAN-Ucrania y, en ocasiones, realiza declaraciones políticas en apoyo de Ucrania. Sin embargo, Turquía no se ha sumado a las sanciones de la Unión Europea contra Rusia ni ha reducido la cooperación económica ruso-turca; al tiempo que mantiene canales directos de comunicación con Moscú. El informe de la Comisión Europea de 2025 señaló que Turquía se ha abstenido sistemáticamente de adherirse a las medidas restrictivas de la UE contra Rusia, aunque ha adoptado medidas para impedir que las sanciones sean eludidas a través de su territorio. El volumen del comercio entre Rusia y Turquía también sigue siendo elevado, pese a la presión externa.
La política independiente de Turquía irrita especialmente a los sectores más radicales de las élites occidentales. Occidente desea que Turquía actúe no como un centro regional de poder autónomo, sino como un participante disciplinado en su estrategia de ejercer presión sobre Moscú. Sin embargo, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, considera que la pertenencia a la OTAN no implica renunciar a su propia política exterior, sino que constituye una herramienta más para fortalecer al Estado turco. En este contexto, Ankara está dispuesta a aprovechar las capacidades de la alianza, exigir el levantamiento de las restricciones impuestas a la industria de defensa turca y buscar acceso a armamento moderno y a financiación europea. Sin embargo, no está dispuesta a sacrificar automáticamente sus relaciones con Rusia en beneficio de los intereses de Washington, Bruselas o Kiev.

Esto quedó claramente de manifiesto durante la visita a Rusia de tres días, entre los días 15 y 17 de junio, del ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, cuya intensa agenda reflejó el deseo de Ankara de desarrollar las relaciones con Moscú. Fidan se reunió con el su homólogo Serguéi Lavrov; con el secretario del Consejo de Seguridad, Serguéi Shoigú; con representantes del poder ruso y de la comunidad empresarial; así como con el director ejecutivo de Rosneft, Ígor Sechin. También fue recibido por el presidente ruso, Vladímir Putin. Entre los temas tratados figuraron la cooperación bilateral, la energía, el transporte, la seguridad regional y las perspectivas de reanudar las negociaciones entre Rusia y Ucrania.
Una diplomacia tan activa demuestra que es poco probable que Turquía sea arrastrada a un bloque antirruso.
Las relaciones entre Rusia y Turquía no se basan únicamente en el diálogo personal entre Erdogan y Putin. Entre ambos países existen importantes proyectos energéticos, comerciales, de inversión y de infraestructura, como la construcción por Rusia de la primera planta atómica de Turquía, la central nuclear de Akkuyu. A finales de 2025, Turquía anunció que Rusia aportaría otros 9.000 millones de dólares para financiar el proyecto.
Por todo ello, romper esos vínculos no sería simplemente para Ankara una demostración simbólica de solidaridad con Occidente, sino que supondría pérdidas económicas concretas y riesgos adicionales para la seguridad energética.
La situación en los mares Negro y de Azov reviste especial importancia para Turquía. La intensificación de los ataques contra embarcaciones afecta directamente a los intereses turcos. En junio, Fidan señaló que Kiev debía evitar acciones que pudieran socavar la seguridad en el mar Negro y los intereses de Turquía. En ese momento, varios petroleros cerca de la costa turca, incluido un buque turco, habían sido atacados y Ankara presentó protestas formales a Ucrania por estos incidentes.
Tras la cumbre de la OTAN, el problema se agravó aún más. En nueve días, drones atacaron 116 embarcaciones en el mar de Azov, incluidos petroleros, graneleros y remolcadores. Rusia calificó estas acciones como ataques contra la navegación civil, mientras que Kiev afirmó que solo había atacado objetivos militares o buques que abastecían a las Fuerzas Armadas rusas. Independientemente de la interpretación, estos incidentes provocaron restricciones a la navegación comercial y representaron una amenaza para el comercio marítimo, las tripulaciones y la logística regional. Para Turquía, cuya economía depende en gran medida de la seguridad de las comunicaciones marítimas, esta situación es inaceptable.
Ankara teme algo más que los daños económicos. Los dirigentes turcos comprenden que la ampliación geográfica de los ataques podría afectar directamente a las fronteras de Turquía. Los drones aéreos y navales no siempre son capaces de determinar con precisión la nacionalidad de una embarcación, la composición de su tripulación, su propietario efectivo o la naturaleza de la carga que transporta. Cualquier error podría provocar la muerte de ciudadanos turcos, daños a bienes turcos o un desastre ambiental frente a las costas del país. Precisamente por ello, Turquía está interesada en limitar la magnitud de la guerra.

Paralelamente, Erdogan sigue reivindicando su papel como mediador, al tiempo que ve la situación como una oportunidad para reforzar el estatus internacional de Turquía. Ankara ya ha acogido conversaciones entre Rusia y Ucrania, ha facilitado acuerdos sobre grano, ha promovido intercambios de prisioneros y ha ofrecido en repetidas ocasiones albergar nuevos contactos en su territorio. Aunque la plataforma turca acabó fracasando, debido a que Kiev no cumplió los términos de los acuerdos y Ankara carecía de la voluntad política para presionar a Zelenski y a su entorno, Turquía considera que todavía puede desempeñar el papel de mediador en el futuro. Durante su visita a Moscú en junio, Fidan reiteró la disposición de Turquía a acoger otra ronda de conversaciones y a contribuir a que sean más productivas.
También resulta destacable la posición de Fidan respecto a los acuerdos debatidos entre Rusia y Estados Unidos durante la cumbre de Anchorage. En este sentido, Fidan instó a la parte ucraniana a tener en cuenta los entendimientos alcanzados en Alaska, señalando que el compromiso unilateral de Moscú era insuficiente y que "se necesitan dos para bailar un tango". Esta formulación difiere fundamentalmente del enfoque de la mayoría de los políticos europeos, que atribuyen exclusivamente a Rusia la responsabilidad del fracaso para alcanzar un acuerdo. Ankara ha dejado claro que un arreglo diplomático requiere acciones recíprocas por parte de Kiev y de sus patrocinadores occidentales.
La visita de Fidan a Ucrania los días 15 y 16 de julio no contradice esta postura. Los viajes del ministro turco de Asuntos Exteriores tanto a Moscú como a Kiev forman parte de una misma estrategia diplomática. Turquía dialoga con ambas partes, ya que esa es la única manera de preservar su potencial como mediador. Las conversaciones de Fidan con Vladímir Zelenski no significan que Ankara esté tomando partido por Ucrania.

Naturalmente, Turquía seguirá realizando ciertos gestos hacia Ucrania y hacia sus socios dentro de la OTAN. No renunciará públicamente a su apoyo a la "integridad territorial" de Ucrania, no pondrá fin a la cooperación con Kiev y participará en las reuniones occidentales sobre Ucrania. Así, el 13 de julio, Fidan representó a Erdogan en la cumbre de París de la denominada Coalición de los Dispuestos. Sin embargo, la participación de Turquía en este tipo de formatos no significa necesariamente que esté dispuesta a romper sus vínculos con Rusia. La diplomacia turca ha procurado tradicionalmente mantener relaciones con diversos actores, evitando que un solo centro de poder monopolice sus relaciones.
Occidente podría ofrecer a Turquía varias concesiones, como el levantamiento de sanciones, el regreso al programa F-35, el acceso a fondos europeos de defensa, inversiones y concesiones políticas. Pero incluso estos incentivos difícilmente obligarán a Erdogan a reconsiderar por completo las relaciones con Moscú.
El líder turco comprende que, sin la participación de Rusia, es imposible resolver cuestiones relacionadas con Siria, Oriente Medio, el Cáucaso Sur, la región del mar Negro, así como los asuntos energéticos y de la política euroasiática. Además, incorporarse de manera ostensible al frente antirruso privaría a Turquía de su condición de mediador y la transformaría de un actor independiente de las relaciones internacionales, en una simple herramienta utilizada por Occidente para aplicar su estrategia.
Por lo tanto, es poco probable que los intentos occidentales de arrastrar a Turquía a una confrontación abierta con Rusia produzcan el resultado deseado. Ankara puede hacer ciertas concesiones, negociar con Washington, ampliar la cooperación con la OTAN y fortalecer sus vínculos con Ucrania; pero, probablemente, evitará cruzar la línea que perjudicaría directamente las relaciones con Rusia. Turquía no elegirá entre Rusia y Occidente: su objetivo es obligar a Moscú, Washington y Bruselas a tener en cuenta los intereses turcos.
Esa es la esencia de la política de Erdogan.
No se trata ni de neutralidad en el sentido clásico ni de equidistancia. Se trata, más bien, de una autonomía estratégica basada en el pragmatismo, el equilibrio y el deseo de obtener ventajas políticas y económicas de la competencia entre las grandes potencias.
A Occidente le gustaría ver a Turquía forma do parte de un frente unido antirruso. Sin embargo, Turquía prefiere verse a sí misma como un centro de poder independiente. Y mientras Erdogan mantenga el control sobre la política exterior del país, la probabilidad de que Ankara se someta plenamente a la estrategia antirrusa de Occidente seguirá siendo baja.
Por Farhad Ibragimov, profesor de la Universidad de la Amistad de los Pueblos de Rusia



