
La minera boliviana que desafió tres dictaduras y fue acusada de 'espía' de Rusia

Domitila Barrios Cuenca fue, a no dudarlo, uno de esos personajes que hacen historia en sus tierras y dejan huella duradera en el lento recorrido histórico de las luchas colectivas. Nacida en Bolivia, el 7 de mayo de 1937, creció entre las precariedades de la vida de los mineros de estaño, donde aprendió que si bien el imperialismo es el enemigo estratégico que los pueblos deben vencer para conquistar su soberanía, previamente deben sobreponerse a su propio miedo.
Hija de un dirigente sindical y que participó tanto en la Guerra del Chaco –conflicto fronterizo entre Bolivia y Paraguay librado entre 1932 y 1935– como en la Revolución de 1952, perdió a su madre a la temprana edad de 10 años. Siendo la mayor, se vio obligada a cuidar de sus hermanas. "Mi madre, al tener su quinto hijo, le hicieron una cesárea y murió. Yo tenía entonces diez años. Cinco hijos nos dejó y la huahua (niña) recién nacida. Todas mujeres. Y yo era la mayor", le contó Domitila a la periodista Malena Bystrowicz, en una entrevista que le concedió en junio de 2011, pocos meses antes de su muerte.
A contrapelo de lo que era costumbre en la época, pudo ir a la escuela. Aunque la familia vivía en una vivienda precaria, que en su casa escaseaba el dinero y que sobre ella recaía la mayor parte de las labores de cuidado, su padre insistió en que era importante en que aprendiera a leer. Ella destacaba que, de "cien alumnos, ochenta eran varones y veinte, chicas. Ninguna era hija de obreros".

Su época escolar concluyó con la primaria. De allí fue a trabajar en la pulpería de la mina y casi al unísono, su padre volvió a casarse. La vida con la madrastra no fue fácil. Las peleas eran constantes y a menudo recibía palizas. Terminó por huir de casa, en Pulcayo, para recalar en el lugar que la había visto nacer. También se casó. Corría 1957.
El Comité de Amas de Casa
Según cuenta Domitila en su libro testimonial 'Si me permiten hablar', compaginó sus actividades como madre y cuidadora con la lectura de la Biblia con los Testigos de Jehová, una fe que había heredado de su padre. Estuvo cinco años en eso, pero luego su vida daría un giro radical al incorporarse al Comité de Amas de Casa de Siglo XX, una organización que agrupaba a las esposas y compañeras sentimentales de los trabajadores de la mina de estaño Siglo XX.
Pese al machismo imperante y las críticas de todos los sectores, las mujeres de los mineros decidieron organizarse para visibilizar las estafas de las que eran víctimas en la pulpería, donde sistemáticamente les entregaban menos cantidad de los productos de primera necesidad. Una sencilla balanza colocada en las afueras del recinto les permitía comprobar que el patrón, al que estaban obligadas a comprarle magras cantidades de insumos esenciales para alimentar a su prole, las timaba. Ese fue su primer contacto con el Comité.
Sin embargo, el punto de inflexión para Domitila llegaría en 1963 con el secuestro de un grupo de ciudadanos estadounidenses a los que los mineros, en su afán de hacer justicia por el encarcelamiento de sus dirigentes, pretendían matar.
Las mujeres del Comité de Amas de Casa impidieron las ejecuciones y, en su lugar, propusieron retenerlos como rehenes para usarlos como moneda de cambio. "Compañeros, no nos dejaremos llevar por la ira. No sabemos si nuestros dirigentes están vivos o muertos. Yo sugiero que tengamos a los gringos de rehenes para canjearlos por nuestros dirigentes si es que están vivos. Si están muertos, ni modo, colgamos a estos", recordaba Domitila que dijo "una señora pequeñita" del Comité, que de seguidas le propuso que se sumara a las guardias para vigilarlos.

"Yo por entonces tenía tres hijos pequeños y dije que no podía. La señora que se llamaba Norberta y era la secretaria general de las Amas de Casa me dijo entonces: 'Yo también tengo hijos pequeñitos' y me llevó a una sala llena de huahuas (niños) por todos los lados. Mi marido, que escuchó todo, me dijo, despreciándome, que no le hiciera perder tiempo a la señora y que me fuera a casa a cocinar, que él se quedaba. Me dio tanta rabia que, aunque no estaba convencida de participar, le dije a Norberta: 'Anóteme los tres turnos'", le contó a Bystrowicz.
Ya estaba dentro del Comité. Pasadas las semanas, de a poco, comenzó a percibir las incongruencias entre las promesas de vida plena en el más allá que le ofrecía su fe y la cruenta realidad de los mineros. La balanza se decantó hacia la lucha social, que no habría de abandonar nunca más, aún a un precio personal altísimo.
"Yo he tenido once hijos. De los once, tres han muerto en represiones y conflictos y uno ha muerto de enfermedad", relataba en una entrevista de 2008.
Contra Barrientos
En 1964, el general René Barrientos perpetró un golpe de Estado que expulsó del poder al Gobierno de Víctor Paz Estenssoro, un referente de la Revolución de 1952. Empezaba otra etapa de hondas luchas encabezadas por el Comité de Amas de Casa de Siglo XX y los sindicatos mineros, contra los que el régimen de facto arremetió de manera virulenta desde distintos flancos.
Sus políticas incluyeron la reducción de los modestos salarios a la mitad durante un año alegando problemas financieros en el seno de la estatal Corporación Minera de Bolivia (Comibol), a lo que se sumó una feroz represión, cuyo culmen fue la Masacre de San Juan, perpetrada por las fuerzas del Estado boliviano el 24 de junio de 1967.

Así recordaba Domitila esos aciagos hechos: "Fue muy cobarde, yo creo, esa masacre que hizo con el pueblo y después vino la represión. Nos sacaron uno por uno. Por protestar contra esta masacre, a mí también me llevaron con mi hijo, con mi marido. Nos llevaron presos. Perdí allí a mi niño y después nos expulsaron del campamento, hasta que cayó Barrientos y otra vez regresamos".
En interés de desarticular al movimiento de amas de casa, la dictadura intentó golpearlas desde su flanco interno, al secuestrar a sus maridos y poner en contra a sus hijos. A los niños se les dijo que no verían nuevamente a sus padres por culpa de sus madres. Empero, la cruel acción no cumplió con su propósito.
Asimismo, en su intento por deslegitimar a Domitila, la acusaron de ser agente "pagada del extranjero", particularmente del comunismo. "¡Ay!...De esta mujer no hay siquiera que hablar. Esta mujer es pagada del extranjero, de Cuba, de Rusia, de China [ella ni siquiera sabe que hay pelea entre Rusia y China, ¿no?], y ahora está pagando 30 pesos diarios para que los trabajadores mantengan la huelga", la acusaron agentes del Gobierno frente a sus compañeras. Ellas no les creyeron.

Antes bien, en la clandestinidad, las mujeres se organizaron y Domitila ingresó formalmente a la directiva del Comité, desde donde ocupó un lugar prominente en las luchas sindicales, especialmente a principios de la década de 1970, pues el deceso de Barrientos en un accidente aéreo en 1969, no significó el régimen militar. Alfredo Ovando y Hugo Banzer, sus sucesores, fueron aún peores.
En alguna de esas temporadas donde debía permanecer oculta, el camino de Domitila se cruzó con el del escritor uruguayo Eduardo Galeano, quien años más tarde refirió su encuentro de este modo:
"Yo la conocí en un pueblo minero llamado Llallagua donde estuve pasando un tiempo, en una asamblea de mineros. Ella era la única mujer, eran todos hombres. Me sorprendió encontrar una mujer en medio de aquel hombrerío y más me sorprendió verla en acción. Ella se alzó entre todos, interrumpió una discusión que llevaba ya mucho rato y dijo: 'Yo quiero preguntar, preguntar este hito […]: ¿Cuál es nuestro enemigo principal?'. Entonces se alzaron voces que decían: 'la burguesía', 'la oligarquía', 'el Ejército', 'la tecnocracia' y ella corrigió: 'No, compañeros: nuestro enemigo principal es el miedo y lo llevamos adentro'".
Banzer y el exilio
La dictadura banzerista, que inició en 1971, ilegalizó y persiguió sin piedad a la oposición y a todas las organizaciones sindicales. Domitila y sus compañeras no se arredraron. En 1977, un paro de mineros sirvió como punto de inflexión para la histórica huelga de hambre de cuatro amas de casa del Comité en La Paz.
¿Qué pedían? Amnistía general para los presos políticos, devolución de los puestos de trabajo, vigencia de las organizaciones sindicales y políticas con todos sus derechos, y retiro de las Fuerzas Armadas de los campamentos de mineros. Solo lograron lo último.
Ese evento representó un punto de no retorno dentro del régimen de Banzer, que cayó al año siguiente. Empero, la inestabilidad política que siguió no garantizó que el presidente electo en 1980, Hernán Siles Zuazo, tomara posesión de su cargo. En su lugar, el general Luis García Meza accedió al poder con un golpe de Estado.
Domitila, que en ese tiempo ya era una persona conocida en foros internacionales, se aprestó a denunciar el golpe ante el II Congreso Mundial de Mujeres que se celebraba en Copenhague. Como respuesta, el Gobierno la designó traidora a la patria y quedó varada en Dinamarca hasta que el Gobierno socialdemócrata de Olof Palme le otorgó asilo político a ella y a su familia en Suecia. A regañadientes, aceptó.

Rememoraba su experiencia europea con amargura. Si bien agradeció los esfuerzos de las autoridades suecas para preservarle su integridad y proteger a su clan, la estancia en tierras nórdicas estuvo lejos de ser un paraíso y cambió significativamente la estructura de su núcleo familiar.
"Me arrepiento de llevar a mis hijos a Europa. Nunca hubiera querido que mis hijos vayan a Europa. Hubiera querido que sigan aquí, parte de mí, parte de la lucha, parte de los triunfos y los fracasos de nuestro pueblo. Aunque no sean reaccionarios, aunque sean obreros, aunque no se olviden de mí. No es lo mismo. De eso es de lo que me arrepiento y me voy a arrepentir toda mi vida", contaba entre lágrimas.
Pudo volver a su patria en 1982, acompañada solo de sus hijos menores y para tener que enfrentarse a la pérdida de su vivienda dentro del campo minero y el fin de su matrimonio. No obstante, la guerrera no estaba vencida. Convencida de que la educación política del pueblo era fundamental para garantizar su independencia, inició su labor en la Escuela de Capacitación Política y Sindical.
"Entonces me di cuenta de que en el país hacía falta formación política. Los mineros estaban solos, los campesinos también. Empecé a dar charlas porque era necesario seguir la lucha. Entonces creamos un pequeño grupo que al principio llamamos Escuela Móvil, porque íbamos a un lado a otro. Luego nos hicimos de este lotecito, una casita, aquí un cuartito, y empezamos a trabajar", refería en 2011, asentada ya en Cochabamba.
"No somos iguales"
Su peculiar vida hizo que Domitila Barrios se convirtiera en un referente de las luchas de las mujeres en América Latina. Así, su preeminencia en los foros de izquierda derivó en que las Naciones Unidas, que declaró 1975 como el Año Internacional de la Mujer, la invitara a participar de la primera Conferencia Mundial de Mujeres en la Ciudad de México, bajo los auspicios del entonces presidente, Gustavo Díaz Ordaz.

Rápidamente la lideresa boliviana reparó en que sus contrapartes, aunque hablaban de opresiones y reivindicaban la liberación de la mujer, lo hacían desde un lugar de enunciación muy distinto al que tenía ella como mujer pobre y racializada, que había librado sus gestas en unas condiciones abismalmente diferentes a las que caracterizaban la vida de algunas de sus interlocutoras.
"Tomé la palabra y les dije: 'Soy Domitila, vengo del Comité de Amas de Casa de Siglo XX, que es la organización sindical de las esposas de los trabajadores mineros. Sí, yo trabajo en mi casa lavando, cocinando, planchando, atendiendo a mis hijos, a mi marido, pero no soy asalariada: no percibo un salario", refería años más tarde.
Su punto de vista no gustó y se le exigió que terminara. Luego, la multitud demandó que se le dejara hablar. Y ella habló de la injusticia estructural que aqueja a pueblos del Sur Global y de la necesidad de implicar tanto a hombres como mujeres en ese proceso. "Nosotros, los bolivianos, estamos seguros de que todo esto es culpa del imperialismo norteamericano, pero estamos seguros que si nosotros no nos organizamos y luchamos contra esta injusticia, nuestra situación no va a cambiar más", alegó brevemente.

La fricción se mantuvo hasta el final de la Conferencia y tuvo su culmen cuando llegó la hora de redactar la declaración final, en la que debía sintetizarse un mes de trabajo de las conferenciantes. El equipo, liderado por la nuera del presidente Díaz Ordaz, quería evitar a toda costa que recogieran ideas consideradas demasiado "políticas". Con viento en contra, Domitila no retrocedió y dejó en evidencia la necesidad de combatir la opresión desde las realidades concretas.
Su relato al respecto es esclarecedor: "Ahora, supongo que usted debe vivir en una hermosa mansión. En cambio, en las minas, nosotros tenemos una pequeña vivienda que nos prestan hasta los 90 días cuando deja de trabajar, tenemos que desocupar. Ahora, señora, yo estoy segura de que a su familia nunca le ha servido a las 6:00 am el desayuno; en cambio, las mujeres en las minas, a las 4:00 am tenemos que levantarnos a cocinar la comida para el esposo para que entre a trabajar en la mina. Somos mujeres, sí; somos femeninas, nos puede unir ese ismo, pero no somos iguales, señora. No somos iguales. Ahí se quedó la mujer".
Domitila Barrios Cuenca falleció en su casa de Cochabamba el 13 de marzo de 2012 a consecuencia del cáncer. Para honrarla, el gobierno del presidente Evo Morales decretó luto nacional y, a propósito de la ocasión, se difundieron numerosas piezas periodísticas para reivindicar su legado.
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